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Todas las páginas de El mito de SÃsifo (SÃsifo: uno de los grandes pecadores atormentado indefinidamente en el Hades) forman una explanación del absurdo, de "una sensibilidad absurda que puede encontrarse dispersa en el siglo". "Este malestar -aclara Camus- ante la inhumanidad del hombre, esta incalculable caÃda del propio hombre ante la imagen de lo que somos, esta "náusea", es el absurdo."
Premio Nobel de Literatura en 1957, Albert Camus, nacido en Ãfrica del Norte (1913) y muerto en ParÃs en un accidente automovilÃstico (1960), se reveló al gran público con una novela breve, El extranjero, que pronto adquirió resonancia universal. Considerado, Junto con Sartre, como la revelación más importante de la literatura francesa de la segunda posguerra y uno de los principales teóricos del existencialismo, su ideologÃa filosófica, asà como sus puntos de vista polÃticos, éticos y estéticos sobre nuestra sociedad se perfilaron ya claramente en El mito de SÃsifo (1942).
Los dioses habÃan condenado a SÃsifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volverÃa a caer por su propio peso. HabÃan pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.
Si se ha de creer a Homero, SÃsifo era el más sabio y prudente de los mortales. No obstante,según otra tradición, se inclinaba al oficio de bandido. No veo en ello contradicción. Difieren las opiniones sobre los motivos que le convirtieron en un trabajador inútil en los infiernos. Se le reprocha, ante todo, alguna ligereza con los dioses. Reveló sus secretos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le asombró esa desaparición y se quejó a SÃsifo. Ãste, que conocÃa el rapto, se ofreció a informar sobre él a Asopo con la condición de que diese agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestes. Por ello le castigaron enviándole al infierno. Homero nos cuenta también que SÃsifo habÃa encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, quien liberó a la Muerte de manos de su vencedor. Se dice también que SÃsifo, cuando estaba a punto de morir, quiso imprudentemente poner a prueba el amor de su esposa. le ordenó que arrojara su cuerpo sin sepultura en medio de la plaza pública. SÃsifo se encontró en los infiernos y allà irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver este mundo, a gustar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, ya no quiso volver a la sombra infernal. Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron para nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por la fuerza, le apartó de sus goces y le llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca. Se ha comprendido ya que SÃsifo es el héroe absurdo. Lo es en tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. no se nos dice nada sobre SÃsifo en los infiernos. los mitos están hechos para que la imaginación los anime. Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. SÃsifo ve entonces como la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volverla a subir hacia las cimas, y baja de nuevo a la llanura. SÃsifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra.
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