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libro gratis La Mano del Muerto de Dumas, Alejandro

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Libros Gratis de Dumas, Alejandro - Descargar libro gratis La Mano del Muerto


La Mano del Muerto -


Libros Gratis de Dumas, Alejandro

 (portada de una edición argentina que también atribuye la novela a Dumas)

La mano del muerto es una continuación directa de El conde de Montecristo, el genial folletín de Alejandro Dumas (en colaboración con Auguste Maquet) aparecido originalmente en 1844-1845, y cuyas ediciones nunca han estado ausentes del mercado editorial español, en traducciones últimamente muy esmeradas no solo por su condición de genial clásico popular, sino porque es una novela que pese a su extensión se devora con verdadero frenesí.
Por su parte, La mano del muerto, que principia donde concluye El conde de Montecristo, ha tenido también varias ediciones en castellano: quizá la más antigua sea la de Editorial Sopena en la década de 1930, reeditada posteriormente en su Biblioteca Sopena de 1960-1970; la de Editorial Lorenzana, también hacia los años 1960-1970, usó la traducción de Sopena (pues reeditaban casi todo lo publicado de Dumas en esa editorial), y más recientemente la de Editorial Debate en 2003, donde, por fin, se nos revela lo que muchos sospechaban: la autoría de la novela no corresponde a Dumas… y ni siquiera es obra de uno de sus muchos negros (que le convirtieron casi en una fábrica de novelas, como se le llamaba en su época). Dumas no tuvo la menor relación ni con la obra ni con el autor, ni la autorizó.
Cierto que una obra tan vasta y monumental como la de Alejandro Dumas es inclasificable e inabarcable: alguien que vivió como él vivió (de juerga en juerga y de viaje en viaje) no podía producir por sí mismo la ingente cantidad de novelas –extensísimas algunas de ellas– que aparecen con su firma: para eso estaban los negros y los colaboradores. Pero es que además de los negros, surgieron los apócrifos, las atribuciones y las falsificaciones, o sea novelas como esta La mano del muerto que no tenían relación ni con Alejandro Dumas ni con los asalariados que rellenaban cuartillas con su firma y siguiendo sus indicaciones.
En todo caso, una lectura de esa novela dejaba ya muy claro su nivel muy inferior en relación con El conde de Montecristo: el estilo es aburrido, las incidencias de la acción bordean lo grotesco y el final es sencillamente ridículo y horrendo a la vez: da la vuelta a lo narrado por Dumas, haciendo que un personaje se vengue de Edmundo Dantés por lo que hiciera en El conde de Montecristo: realmente no se sabe si tomarlo en serio. No hay emoción, no hay garra, no hay interés: es un folletón vulgar producto de un escritor rutinario. De Dumas se sabe que no era un gran literato, pero novelas como Los tres mosqueteros, Veinte años después, El Vizconde de Bragelonne, El conde de Montecristo rezuman un genio vigoroso, un talento hecho a chispazos que surge en el momento más inesperado, una gracia en los diálogos que, aunque estaban alargados por aquello de que el folletín se pagaba a tanto la página, eran ágiles, dinámicos y chispeantes. Nada de esto se encuentra en La mano del muerto. Es una mala novela por méritos propios, no por aquello de que nunca segundas partes…, pues Dumas demostró con Veinte años después y con la monumental (2.000 páginas) El vizconde de Bragelonne, que no solo segundas partes eran buenas, sino que las terceras lo eran también.
La reciente edición de Debate nos aclaraba, pues, que el presunto autor de esa novela publicada con la firma de Dumas era un autor portugués (aunque mantenía el nombre de Dumas en la portada…, perpetuando el engaño de más de un siglo y medio de duración). Según una información encontrada en una web francesa dedicada a Dumas, el autor en cuestión se llamaba Alfredo Hogan y la escribió a petición de un editor portugués para aprovechar el éxito del folletín de Dumas; se publicó en Portugal en 1853 con el título de A mâo do finado, pero sin indicarse en principio el nombre del autor a fin de jugar con la posible ambigüedad de que se tratase del propio Dumas.  La novela fue incluso traducida al francés de inmediato, pero con autoría de F. Leprince o F.C. Prince. Se sucedieron ediciones en diversos países (Italia, Alemania, España…). Debido al éxito de El conde de Montecristo ocurrió que con las traducciones, las ediciones y las reediciones, el nombre de Hogan (y el de Prince) desaparecieron para ser prontamente sustituidos por el de Alejandro Dumas en casi todos los países, con lo cual la novela se le atribuía directamente sin que Dumas hubiera tenido la menor relación con ella. En este aspecto, es un caso realmente particular de la literatura: así, cada reedición en cada país y en cada época ha ostentado el nombre de Alejandro Dumas como autor de la novela.
Al respecto de ello, el propio Dumas tuvo que intervenir numerosas veces en su tiempo para negar la autoría de esa novela en diversos periódicos, en entrevistas y escritos diversos. Por ejemplo dijo: «Comme cette suite est exécrable, jai par le monde une foule damis qui soutiennent, tout bas, bien entendu, que cette suite est de moi. A lépoque où louvrage a paru, jai protesté dans tous les journaux, ou à peu près; mais je ne vous apprendrai rien de nouveau en vous disant que les amis lisent toujours les accusations, jamais les protestations». (Puesto que esa continuación [de El conde de Montecristo] es execrable, corren por todas partes amigos que sostienen, en voz baja, por supuesto, que la continuación es mía. Cuando esa obra fue publicada, protesté en todos los periódicos, o poco más; pero supongo que no les digo nada que no sepan si manifiesto que los amigos leen siempre las acusaciones, pero no las protestas sobre ellas.) Y no sólo eso: Dumas ya había dejado claro tras la publicación de las entregas del folletín, que nunca habría continuación alguna de El conde de Montecristo (lo cual, no está de más apuntarlo, abría la veda para cualquier plagiador o aprovechado… como así ocurrió).
En fin, para quienes hayan leído El conde de Montecristo no les aconsejo se acerquen a esta espuria continuación: estropea una gran novela, una formidable historia y deja un mal sabor de boca.





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