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Espacios Libres (relatos) -


Libros Gratis de Mario Levrero

Relatos incluidos:

Colección de relatos:
Los textos """"
Nuestro iglú en el Artico """"
Ejercicios de natación en primera persona del singular """"
El crucificado """"
Capítulo XXX. El milagro de la metamorfosis aparece en todas partes """"
Noveno piso """"
Siukville """"
La toma de la Bastilla o cántico por los mares de la luna """"
Las orejas ocultas (Una falla mecánica) """"
Feria de pueblo """"
El factor identidad """"
Apuntes de un “voyeur” melancólico """"
Los ratones felices """"
Algo pegajoso """"
Espacios libres """"
Los laberintos """"
Los muertos
Irrupciones
La nutria es un animal del crepúsculo (collage)
Fichero. Levrero: el relato asimétrico

 

El manuscrito que cayó del cielo

Hay que ser afortunado para que el primer manuscrito que le toque a uno leer en la vida sea el de La ciudad de Mario Levrero. Hacia fines de 1969 un amigo, el dibujante estrella del semanario Marcha, Pancho Graells, me puso en contacto con un editor que quería hacer “una colección de libros de ciencia ficción para lectores jóvenes”. Después de una primera conversación con el editor, Pancho me presentó a un tal Jorge Varlotta, que acababa de ser finalista de un premio de novela organizado por su semanario. Varlotta traía bajo el brazo el manuscrito de la novela, firmado por Mario Levrero, y al dármelo me explicó que como la persona que escribía esas cosas era muy diferente de la que andaba por la ciudad aparentando normalidad, usaba para los textos de ficción el segundo nombre y el segundo apellido, casi un seudónimo. Esa noche leí La ciudad, donde una situación cotidiana, engañosamente trivial, esconde infinitas capas de misterio y tensión, y tomé la decisión de publicar como fuera ese libro único. Al día siguiente Jorge Varlotta me dio el manuscrito de La máquina de pensar en Gladys, suma de los cuentos que había escrito después de 1966, fecha de creación de La ciudad. Ese era mi primer proyecto profesional con un editor y creía haber encontrado algo muy especial. A partir de ese momento todo el esfuerzo estuvo dirigido a convencer a la editorial de que esos textos eran más atractivos que los que ellos querían editar y además era literatura uruguaya. Para acompañarlos propusimos una novela corta, amablemente fantástica, de José Pedro Díaz, y logramos imponer un nombre meramente descriptivo de la colección: Literatura Diferente. La ciencia ficción quedó reducida a dos delgadísimos volúmenes donde había sobre todo algunos cuentos fantásticos bastante raros que seguramente espantaron a todos los “lectores jóvenes”. Fueron cinco libros en total, que aparecieron durante 1970. Yo tenía veintidós años y Jorge veintinueve.

 

Nadie encendía las lámparas

Durante algo más de tres años, hasta que me trasladé a Buenos Aires en marzo de 1973, fui el primer lector de casi todo lo que escribió Jorge. Vivíamos muy cerca y nos veíamos literalmente todos los días. Me mostró el manuscrito de El lugar, que todavía estaba corrigiendo mientras escribía París, y al conocer su famoso departamento de la calle Soriano al 900 sentí que si daba un paso más entraba en la novela. A la derecha de la puerta, sobre la calle, había una habitación regular empapelada con titulares absurdos de decenas de publicaciones, apartados por los amigos, donde al menos una vez a la semana coincidían personajes tan ilustres como Carlos el Flaco Casacuberta, Ruben Gindel y Elvio Gandolfo, que había emigrado desde Rosario; esas reuniones servían a veces para leer los textos de instrucción moral tan necesarios como El arte de enamorar del profesor Domingo Gaeta. Cerca de esa habitación empezaba un pasillo largo y oscuro, cada vez más oscuro, que terminaba, a veces, en una cocina mal iluminada. A veces, porque cuando no había luz al final uno tendía a dudar de su existencia. Sobre el lado izquierdo del pasillo se adivinaba una serie de habitaciones, quizá dormitorios, donde en ciertas ocasiones, mientras estábamos reunidos, se perdía con Jorge alguna intrépida señorita que acababa de llegar con ánimos de safari. Nadie encendía las lámparas porque quizá no había.

Nohaymár

La relación de Jorge con los textos era un poco desconcertante. Defendía con uñas y dientes pequeños detalles y reaccionaba con mucho humor ante las peores catástrofes. Una vez me mostró las numerosas correcciones que como ejemplo le había hecho en las primeras páginas de La ciudad (sobre construcciones como “Pero, quiero decir…”, etcétera), un crítico literario uruguayo, miembro del jurado que había premiado la novela. No aceptó ninguna. Su explicación: esas torpezas reflejaban la confusión y los problemas expresivos del narrador y daban verosimilitud al relato. En «La calle de los mendigos», contado en presente, aparece por momentos un pretérito indefinido no siempre justificable que a él le parecía impecable. En «Las sombrillas» (terminado en febrero de 1970, el día de la muerte de Bertrand Russell, a quien dedicó la primera versión) una niña intuye que ha bajado anormalmente la marea y dice “Nohaymár”. Sólo la tercera vez que apareció, en el libro Aguas salobres, aceptó quitar el tilde. En cambio, daba muy poca importancia a algunos problemas importantes. Cuando le publicaron el volumen Espacios libres no corrigió problemas (como el Bartleby de Melville prefería no hacer ciertas cosas), y el editor añadió al nombre del cuento «Capítulo XXX» el epígrafe que tenía en la revista donde yo lo había publicado, y quedó con el absurdo título «Capítulo XXX. El milagro de la metamorfosis aparece en todas partes». Fui testigo de su carcajada cuando lo vio por primera vez. Doce años más tarde logré que una importante editorial de Barcelona publicara La ciudad. El día que salió a la venta descubrí que alguien había saboteado el libro añadiéndole debajo del título “Traducción de Marcial Soto” [sic]. A los ejemplares que quedaban en el depósito se les tapó esa línea con una etiqueta, pero la mayoría ya habían sido distribuidos. Esa noche, una amiga de Jorge que viajaba de Madrid a Montevideo le compró un ejemplar en Barajas y al día siguiente Jorge me escribió un email para felicitarme por la traducción. Ni siquiera preguntó qué había pasado.

Frustraciones apostólicas

Un admirable editor argentino, al que a principios de los años setenta intenté convencer de los méritos de El lugar, no sólo no mostró interés por la novela sino que me acusó de ser un “un apóstol de Mario Levrero”. Esa novela apareció por fin en 1982 en El péndulo, revista de notable difusión en aquella época. Cuando Jorge vino a vivir a Buenos Aires en 1985, sus colegas de este lado del río lo conocían sobre todo por ese libro. Una noche que cené con él fui testigo, al salir, de la reacción poco habitual de dos importantes escritores argentinos que comían en otra mesa: al verlo se levantaron y se acercaron a saludarlo con auténtica devoción. Esas muestras le ayudaron en Buenos Aires a combatir su considerable dosis de escepticismo.

Cuarenta años no es nada

La máquina de pensar en Gladys es un libro tan fresco y estimulante como cuando apareció por primera vez, en 1970. Cuentos como «Gelatina», «El sótano» y «La casa abandonada» son antológicos. La casa abandonada existió y me la mostró alguna vez Jorge: en una calle paralela a Rivera, cerca del Bulevar Artigas, un poco más retirada que las casas vecinas, como si se hubiera salteado el último cambio urbanístico; tenía, como dice el cuento, “un jardín, separado de la vereda por una verja; en el jardín, una fuente muy blanca, con angelitos”. Estaba sucia y como encogida. Dentro de ella seguramente ocurrían cosas muy raras. Sabemos que Mario Levrero es un escritor realista que vive en otro mundo y cuenta con insobornable sinceridad, casi siempre en primera persona, lo que ve y lo que le pasa. Por eso es tan convincente. Ahora que Jorge Varlotta ya no administra su obra, Mario Levrero se ha quedado a solas con los lectores y no necesita más apóstoles.





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